Hablar del orgasmo femenino… ¿tabú o realidad?

  • Le pregunté a mi abuela si alguna vez había tenido un orgasmo, me dijo que qué era eso, cambié la pregunta: ¿Alguna vez sentiste rico al estar con algún novio?
    Ella se río, y después me dijo esto…

Kate Borderline

En algún punto geográfico, 2 de septiembre de 2021.- Como hija de una familia conservadora hablar de sexo nunca fue una opción, pese a que todas las integrantes de ella eran mujeres. En la adolescencia jamás tuve una charla de educación sexual y tan sólo pensar en el coito era para mí sinónimo de pecado y vergüenza, con ese antecedente era entendible que ni siquiera a los 15 descifrará lo que era un orgasmo y que explorar mi cuerpo me hiciera sentir “sucia” algunas veces… Fue hasta años después que me di cuenta de que, sin saberlo, había experimentado orgasmos, sólo que no supe nombrarlos.

Como la “oveja negra” de la familia me fui autoformando en el tema sexual que en mi “rancho” escandalizaba a los más puritanos y causaba carcajadas o lascivia en otros tantos; descubrí que el acto sexual no era sinónimo de quedar embarazada o alguna otra condición forzada o denigrante, sino que, practicado responsablemente y de manera consensuada, era una forma de explorar tu cuerpo, tus gustos y estar cómodo contigo mismo, o el otro, comunicando lo que quieres, pues las relaciones sexuales son también sinónimo de felicidad, sonrisas, comunicación, placer…

Sé que vivir tu sexualidad y el placer implica muchas situaciones y condiciones, un tema que se torna casi inagotable, pero al que hoy le quiero dar voz es al que muchas veces silenciamos por pena, miedo, ignorancia o simplemente porque nadie habla de él con la cotidianidad con la que hablamos de comida o las redes sociales: el orgasmo femenino, ese clima, ese sentir rico o esa explosión de placer, ese no sé qué, que me hace sentir hasta lo máximo, en la cima, que está punto de estallar… que estalla y que no forzosamente implica la participación de alguien ajeno a tu cuerpo para conseguirlo, pues la masturbación también puede darte esos segundos de placer, ese “orgasmos”, del griego “οργασμος”, que te hacen sentir en plenitud.

Cabe decir que tener relaciones sexuales es una cosa, pero acompañarlas de orgasmo(s) , pfff, está más allá del coito que, sin duda, todas las mujeres de mi familia experimentaron, pues cada una de ellas es madre, tienen sus propios hijos, pero en mi cabeza, el año pasado, empezó a rondar la idea de si han tenido la oportunidad de disfrutar un orgasmo -de lo contrario debía incitarlas a hacerlo-, si han tenido en su “conservadurismo” la libertad de gozar su cuerpo y de sentir placer.

Y aunque sigue siendo un tema tabú en mi familia, en una conversación con mi abuela, mientras cocinábamos me animé a hacerlo, tenía que ser ella: respiré hondo, conté hasta tres, y solté una risita quedita, pues desde que aprendí a hablar tuvieron que pasar 20 años para que sin pena y algo de gloria me atreviera a preguntar a la adulta de 73 años frente a mí, con seis hijos, si alguna vez tuvo un orgasmo, y aquella hazaña, pese a mi experiencia y mis aires de libertad, me convirtió más en una infante haciendo una travesura, que una adulta hablando de un tema sexual casual con su abuelita, que tenía toda una vida que contar.

  • ¿Abuela, abuela, alguna vez has tenido un orgasmo? -Solté de sopetón.
  • ¿Qué es eso? -Dijo, así que cambié la pregunta.
  • ¿Alguna vez sentiste rico al estar con alguien?

Mi abuela, quien estaba concentrada picando cebolla, hizo una ligera pausa y continuó con su labor, soltó una sonrisa pronunciada, acompañada con algo parecido a la pena que después se transformó en una risa nerviosa, precediendo su pregunta inesperada, aunque nunca volteó a verme.

  • ¿Y tú, y tú? me reviró. – Y también me empecé a reír, no sabría decir si por sorpresa o algún otro sentimiento que aún no alcanzo a nombrar. Me acerqué a ella y la abracé por la espalda.
  • Yo pregunté primero -refuté.

En realidad no me esperaba su pregunta, y no pude más que sonreír y morderme los labios, pues no quería que interpretara mi risa como una señal de burla, cuando no era así. Me reía de mi misma, pues aunque me creía de mente abierta, en el fondo no estaba lista para contarle mi vida sexual a mi abuela, y tampoco sabía si ella estaba lista para escucharla, pues todo este tiempo creí que para ella seguía siendo su nietecita, cuando en realidad me había convertido en toda una mujer. Además, siempre supuse que para mi familia yo “sólo perdería la virginidad hasta el matrimonio”, y siendo soltera, no podía decirles lo contrario.

No quise cerrar el canal de comunicación, un poco juguetón, que acaba de abrir con ella, así que insistí, deseando un sí por respuesta, pues su risa, para mí, fue de complicidad, de que ambas entendíamos de lo que estábamos hablando, sólo que había un bloque en medio, llámese pena, quizás, que no nos dejaba avanzar, ni hablar casualmente del tema, mientras nos miramos a los ojos.

-Estás loca tú, no tienes nada que hacer, ponte a ver qué haces. -Fue su respuesta final, mientras se desafanaba de mi abrazo. No insistí, pues sabía que esa sonrisita podría transformarse en malestar, si bien habíamos avanzado un poco, no quería tensar el hilo que nos acababa de unir, pues corría el riesgo de romperlo para siempre.

Muchas cosas han pasado desde aquel encuentro, sin embargo, me di cuenta y me quedó muy claro que aunque que para mí se ha vuelto normal abordar temas sexuales y dialogar sobre el orgasmo con amigas y amigos, sobre todo con mi pareja actual, sigo teniendo prejuicios y tabúes que he llamado selectivos, pues con otros miembros de la sociedad, en este caso en particular con mi familia, me cuesta trabajo abordarlos, porque no sé cómo empezar a hablar de ellos y por la recepción que puedo llegar a tener; aún me da gracia descubrir que pasé a ser la chica que tenía miedo de hablar del tema con ellas, a la que tiene pena y nerviosismo, pues para nosotras no era un tema del cuál hablar, justo como hablamos del clima o de “si cuando pienso dejar de estudiar y conseguir un trabajo estable” (ja, ja, ja).

Me gustaría decir que no se trata de hacerlo un tema forzoso, pero sí me he percatado que si sale a colación es difícil abordarlo con la misma naturalidad. Si bien, soy capaz de defender mis ideas y no ocultar en lo que creo, si ellas se atrevieran preguntarme sin ningún pudor sobre el estado de mi himen, mis parejas o mi vida sexual, soltaría una risa de sorpresa, escupiría saliva y me reiría nerviosamente, pues entre nosotras sigue habiendo ese pacto implícito de no hablar sobre sexo, coito, sexualidad… y espero que podamos romperlo pronto, trabajamos en ellos, pues nombrar es traer a la realidad, y la realidad no debería ser un tabú.

Sé que no para todos es fácil, natural y moralmente aprobado, sobre todo por el contexto en el que crecemos, muchas veces al abordar el tema podemos suscitar críticas, rechazo o burla, y no se trata de predicar las 24 horas sobre él, en lo personal, se trata de no silenciarlo, de darle voz, de entender y tener presente que el orgasmo femenino existe, que es una realidad y que no solo los hombres pueden o tienen el derecho de disfrutar su sexualidad, incluso, también, las abuelas “inmaculadas, santas”, porque antes de ser abuelas son persona y son mujeres.

Así que reitero, una vez más, nombrar el orgasmo, hablar de él, puede ser una manera de visibilizar el disfrute sexual, de alejar todos esos tabúes alrededor de él, de hablar del placer femenino, de explorarlo, conocerlo y reconocerlo, pues muchas veces pasa desapercibido, hablar de lo que incomoda, puede ser una manera de evitar que siga incomodando y haciendo sentir culpable, cuando no debería, a alguien más.

Post Author: Marcando Trayectoria

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